—¡Vete ahora mismo! —rugió Rodrigo, con una furia apenas contenida. Su voz resonó con fuerza en la sala, sacudiendo los cimientos del silencio tenso que ya pesaba sobre todos.
Tenía los puños apretados, la mandíbula rígida.
Nunca creyó verse en esa situación: enfrentando, enfrentando a su propia sangre, su pasado, su vergüenza.
Frente a él, Sebastián intentó mantener la calma, pero sus ojos también estaban turbios de dolor.
Su hija, Elen, estaba en el centro del huracán, y por primera vez en su