Cuando finalmente llegaron al departamento en aquella ciudad desconocida, Asha bajó del auto con una mezcla de cansancio, miedo y un destello de esperanza que luchaba por no apagarse.
Frente a ella se alzaba un edificio gris, desgastado por el tiempo y el abandono, con paredes manchadas y ventanas que parecían ventanas hacia el olvido.
Nada, absolutamente nada, tenía que ver con la vida que había dejado atrás.
Aquí no había lujos, ni jardines cuidados, ni seguridad.
La zona era peligrosa, sucia,