Federico dio un paso atrás. La presencia de aquella mujer —esa sombra que una vez había llamado madre— lo enfermaba.
Quería irse. Quería alejarse de inmediato, pero no le dio tiempo.
Aranza se acercó a él con una expresión que oscilaba entre la súplica y la obsesión. Extendió los brazos como si su sola cercanía pudiera retenerlo.
—¡Soy tu madre! —exclamó, con desesperación, los ojos inyectados de una locura febril—. ¡Soy parte de ti! Y si no quieres llamarme madre, si me odias, lo entenderé... p