El abuelo se quedó mirando la pantalla del teléfono. El número estaba privado. Por un momento, el corazón le dio un vuelco.
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda mientras tocaba su rostro arrugado, intentando calmar el repentino mal presentimiento que le invadía el pecho.
¿Quién llamaba a esas horas? ¿Y por qué ocultar su número? No respondió.
Solo guardó silencio, respiró hondo y decidió irse a dormir, aunque el sueño, esa noche, no sería un refugio sino una prisión.
***
A la mañana siguie