Aranza respiró hondo antes de hablar.
La habitación estaba impregnada de un silencio espeso, como si las paredes también contuvieran el aliento.
Federico, sentado frente a su madre, tenía la mirada perdida, pero alerta.
Samantha, siempre atenta, se aferraba a las palabras que aún no habían sido dichas.
—Tranquila, mamá—dijo Melissa con una voz trémula, tratando de ocultar su miedo—. Vas a recibir tratamiento. El doctor dijo que hay una posibilidad, un trasplante... Debe ser así…
Sus ojos se nubl