Entonces, Melissa los vio. Entre el humo, entre cuerpos que corrían como sombras sin rostro, entre las luces parpadeantes y el sonido creciente del fuego devorando, los vio. A ellos. Juntos.
—¡Sebastián! —gritó, alzando una mano temblorosa—. ¡Estoy aquí!
Su voz era un hilo quebrado. Y aun así, retumbó dentro del pecho de él como una campana ahogada. Como un eco de lo que alguna vez fue amor, familia, promesas. Sebastián se detuvo. La miró.
Ella estaba de rodillas, tosiendo, jadeando, una mano en