Ellyn rompió el beso con fuerza, como si su boca ardiera por el contacto que acababa de rechazar.
Se alejó del hombre con el rostro encendido, no de amor, sino de rabia contenida.
—¡No vuelvas a besarme! —espetó, temblando.
Él la miró con ojos suplicantes, como si aún hubiera esperanza en su interior.
—¿De verdad ya no me amas?
La pregunta fue un golpe seco, un dardo envenenado que intentaba abrir viejas heridas.
—No —dijo, con voz firme—. Ya no te amo. No mentí. Ahora hay otro hombre. Uno que m