La tarde caía con una calma engañosa sobre la casa, bañando de tonos dorados las paredes silenciosas.
Melissa caminaba sin muchos ánimos por el salón principal, su mente llena de pensamientos punzantes que no la dejaban en paz.
Los ventanales estaban abiertos y la brisa cálida acariciaba las cortinas, pero no bastaba para aliviar la presión que le oprimía el pecho.
Estaba harta de todo esto, de su corazón roto, de sus lágrimas,
De él, de fingir, de su silencio, de su presencia y su ausencia.
Ava