Esa noche, el abuelo Markus volvió a casa acompañado de sus nietos.
Aunque seguía débil, tenía un semblante más tranquilo. Lo ayudaron a instalarse en su habitación, y al poco rato, llamó a Melissa y a Sebastián.
—Hijos, quiero hacer algo por ustedes… por su matrimonio —dijo con voz serena—. He tomado una decisión: los voy a enviar a un lugar especial.
Ambos se miraron, confundidos.
—¿Un lugar especial? —preguntó Melissa, dudosa.
—Sí… —respondió él con una sonrisa nostálgica—. Es el sitio donde