El miedo que sintió Sebastián fue como un cuchillo atravesándole el pecho.
Un miedo crudo, primitivo, paralizante.
Su corazón latía con fuerza, pero al mismo tiempo sentía que se detenía al ver a Melissa en el suelo, tan frágil, tan herida, tan rota… como si fuera una muñeca de porcelana que alguien había destrozado sin piedad.
—¡Melissa! —gritó, corriendo hacia ella con los ojos inundados de lágrimas.
Sus rodillas chocaron con el pavimento al caer a su lado. El mundo parecía apagado, como si el