Cuando Sebastián entró a la habitación, su corazón latía con una violencia que lo dejaba sin aliento, como si dentro de su pecho alguien estuviera tocando tambores de guerra.
Sus manos temblaban al aferrarse al marco de la puerta, y por un segundo, no pudo avanzar. Ver a Melissa ahí, tan quieta, le rompió algo por dentro.
Ella estaba recostada en la camilla, rodeada de silencio y olor a desinfectante.
Tenía un vendaje en la frente, y su piel, normalmente cálida, estaba ahora tan pálida como la n