Su voz tenía una suavidad fingida, casi melosa, que ahora le parecía repulsiva. Ya no era el chófer servicial.
Ya no era el confidente amable. Era un lobo disfrazado de cordero. Un cazador que estaba a punto de cerrar su trampa.
Melissa tragó saliva con dificultad.
Sintió que las piernas le temblaban. Su primer impulso fue girarse y correr como si el infierno la persiguiera.
Pero algo en su interior, algo que no sabía que tenía, la detuvo: la frialdad de una madre, si corría, no era el plan más