Esa noche, Livia fue incapaz de cerrar los ojos.
La imagen de la risa de Starla resonando en el jardín de la azotea del hospital no dejaba de dar vueltas en su mente. La sonrisa sincera de su hija mientras sostenía la mano de Damian, aquella sencilla promesa de ir juntos a ver el mar, y el brillo de felicidad en sus ojos, uno que hacía tanto tiempo que no veía, aparecían una y otra vez.
Por primera vez en los últimos siete años, la convicción a la que se había aferrado comenzó a resquebrajarse.