Aquella mañana, el cielo seguía cubierto por un espeso manto de nubes grises. Los restos de la lluvia de la noche anterior aún empapaban las calles de la ciudad, dejando un aire helado que se filtraba hasta los huesos, como si absorbiera el último rastro de calor que quedaba en el mundo.
En su apartamento, Damian permanecía sentado solo en su despacho, envuelto por la penumbra.
Sobre el escritorio de madera que durante años había sido el lugar donde tomó incontables decisiones importantes, e