Viviana se despertó con un mareo extraño, como si el mundo hubiera decidido girar más rápido de lo normal. Se llevó la mano al vientre y lo sintió distinto, más pesado, más suyo. El silencio de la casa era un silencio sospechoso, porque en su cabeza resonaba todavía la voz de Lorenzo, esa voz que se había quedado atrapada en su memoria como un eco que no se apagaba.
—¿Dónde estás, Lorenzo? —susurró, mirando el celular apagado sobre la mesa.
Lo había llamado tantas veces que el aparato parecía r