Viviana
El trabajo se le volvió un castigo interminable, mientras empujaba la carreta con las manos ásperas, la espalda doblada y el sudor pegado a la piel como una segunda camisa. Las ventas bajaban cada día, los clientes pasaban de largo, y ella sentía que la vida la estaba empujando contra una pared invisible. No pudo continuar pagándole a la niñera; se vio obligada a llevarse a las tres hijas al trabajo. Las dos pequeñas iban en un coche desvencijado, y la mayor, apenas de cinco años, la ll