El apartamento la recibió con el mismo silencio que había dejado atrás tres días antes, pero ahora cada rincón parecía cargado de una electricidad diferente. Valeria cerró la puerta tras de sí y dejó caer las llaves sobre la mesita del recibidor, el sonido metálico resonando como una declaración de rendición.
No había podido huir. Por más que su instinto le gritara que corriera, que desapareciera en algún rincón del mundo donde Franco Santini no pudiera encontrarla, la realidad se imponía con un