El lunes amaneció con lluvia gris que golpeaba las ventanas como dedos impacientes.
Valeria despertó vestida, con los zapatos todavía puestos y el sabor metálico del agotamiento en la boca. La luz filtrada a través de las cortinas era débil, enfermiza, apropiada para el peso que sentía en el pecho. A su lado, Enzo dormía con el ceño fruncido incluso en sueños, una mano extendida hacia ella como si temiera que desapareciera si dejaba de tocarla.
Habían regresado de la fábrica a las cuatro de la m