Valeria estaba sentada en la oscuridad de la sala cuando escuchó la llave girando en la cerradura.
No había encendido ninguna luz desde que regresó de Via Fiori Chiari hacía horas. La penumbra parecía apropiada para el peso que cargaba en el pecho, para la imagen que se repetía sin piedad en su mente: Isabella subiendo voluntariamente al Mercedes negro, la puerta cerrándose, el auto desapareciendo entre el tráfico milanés.
La dejé ir. La eché. Y ahora está con él.
La puerta se abrió y Enzo entró