La llamada llegó a las tres y cuarenta y siete de la madrugada.
Enzo había pasado las últimas dos horas revisando cada centímetro de la habitación de Isabella con la meticulosidad de quien sabe que un solo detalle pasado por alto puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Sus dedos aún olían al limón químico que había detectado Valeria, esa fragancia artificial que no pertenecía a ninguno de los productos que Isabella usaba habitualmente.
El teléfono vibró contra la mesa de acero