La oficina de André Bouchard no era lo que Valeria había imaginado. Esperaba opulencia, el tipo de espacio que gritaba poder y conexiones políticas. En cambio, encontró austeridad casi militar: paredes color crema sin adornos excepto por dos banderas —Francia y España— flanqueando un escritorio de roble macizo que había visto mejores décadas. Las ventanas daban a un patio interior gris, no a los bulevares parisinos que había anticipado.
André les había indicado que se sentaran en las sillas de r