La luz parisina había adquirido esa cualidad dorada particular que solo las mañanas de primavera sabían ofrecer cuando el grupo finalmente salió a la calle después de horas encerrados en el apartamento de Marcus. Valeria sintió el aire fresco golpear su rostro como una bofetada necesaria, arrancándola de esa neblina de agotamiento y adrenalina que había definido las últimas veinticuatro horas.
Se quedaron parados en la acera, un pequeño círculo de cuerpos tensos y expectantes, mientras París des