La luz del amanecer apenas comenzaba a insinuarse sobre los tejados de Madrid cuando Valeria escuchó el timbre de la puerta. Eran las tres y media de la mañana. Nadie tocaba a esas horas con buenas intenciones.
Se levantó del sofá donde había permanecido las últimas dos horas, incapaz de dormir después de descubrir los bocetos robados. Su cuerpo protestó con cada movimiento, los músculos tensos por la adrenalina que había estado corriendo por sus venas desde que había visto los cajones vacíos de