El amanecer llegó al Valle de los Caídos con una neblina baja que se arrastraba entre los pinos como cosa viva. El monumento se alzaba contra el cielo pálido, su cruz de ciento cincuenta metros proyectando una sombra que parecía alcanzar más allá de las montañas circundantes.
Valeria estaba parada en el perímetro de seguridad que el ejército había establecido durante la noche, observando el ballet cuidadoso de arqueólogos e ingenieros mientras preparaban la excavación. Cuarenta y ocho horas. Eso