La luz del estudio se había vuelto acusatoria. Valeria observaba los documentos esparcidos sobre el escritorio de cerezo como si fueran serpientes enrolladas, listas para morder. Transferencias bancarias que se extendían a lo largo de ocho años, cada una marcada con el sello inconfundible del Consorcio. Y todas, absolutamente todas, dirigidas a una cuenta registrada bajo el nombre de Sebastián Morales.
Su teléfono descansaba junto a los papeles, la pantalla oscura reflejando su rostro pálido. Er