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El reloj marcaba las nueve y media de la mañana cuando Valeria terminó de revisar la casa por tercera vez. Seis agentes del CNI estaban distribuidos estratégicamente: dos en la sala, dos en puntos exteriores, uno monitoreando las cámaras desde la cocina, y la Comandante Morales supervisando desde el estudio. La casa se sentía como una fortaleza, o una prisión, dependiendo del ángulo desde el que se mirar

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