El vestido azul profundo colgaba del perchero como una promesa tentadora. Valeria lo miraba sin atreverse a tocarlo, consciente de que ponérselo significaría cruzar una línea invisible pero innegable.
—Pruébatelo —la voz de Alejandro rompió el silencio—. Necesito ver si el modisto capturó tu visión correctamente.
Valeria negó con la cabeza, retrocediendo un paso.
—No creo que sea buena idea.
—¿Por qué no? —preguntó él, acercándose con esa seguridad que siempre la desarmaba—. Es solo un vestido,