La luz del viernes por la mañana se filtraba a través de las cortinas del consultorio médico con esa claridad clínica que convertía cada objeto en una declaración de verdades inevitables. Valeria observaba el techo blanco mientras la doctora Herrera deslizaba el transductor sobre su abdomen, el gel frío contrastando con el calor nervioso que le recorría el cuerpo.
Nueve semanas.
El número resonaba en su mente con una mezcla de incredulidad y algo que no podía catalogar como miedo ni como alegría