La mañana del sábado llegó con una quietud engañosa que se extendía por el jardín como una promesa falsa. Valeria despertó con las náuseas habituales de las once semanas de embarazo, menos intensas que con los gemelos pero persistentes, un recordatorio constante de la vida que crecía dentro de ella. Se incorporó lentamente, una mano sobre su vientre todavía plano, y observó a Enzo dormido a su lado, las ojeras marcadas bajo sus ojos cerrados evidenciando que él tampoco había descansado bien.
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