La explosión resonaría en exactamente treinta minutos.
Viktor había configurado el temporizador en la pantalla principal del búnker, los números rojos descendiendo con una precisión implacable que convertía cada segundo en una sentencia de muerte. Valeria observaba el conteo desde donde permanecía junto a las incubadoras de Mateo y Lucas, sus manos temblando mientras acariciaba suavemente el cristal que los separaba de sus bebés prematuros.
29:47... 29:46... 29:45...
—Las operaciones globales ha