La puerta del bunker se abrió con un siseo hidráulico que cortó el silencio como una cuchilla. Valeria levantó la vista desde las incubadoras donde Mateo y Lucas dormían, sus pequeños cuerpos conectados a monitores que parpedeaban con regularidad tranquilizadora. Enzo ya estaba de pie, su mano moviéndose instintivamente hacia la pistola que llevaba en la cintura.
Pero la figura que entró no era lo que ninguno de ellos esperaba.
Franco Morales cruzó el umbral con las manos levantadas a la altura