La mañana del viernes llegó con una quietud engañosa que se extendía por la residencia como una promesa falsa. Valeria despertó con las náuseas habituales, pero había algo más en el aire, una tensión que parecía filtrarse a través de las paredes de piedra caliza. Enzo ya no estaba a su lado, y el sonido de voces susurradas desde la planta baja confirmó sus sospechas de que algo había ocurrido durante la noche.
Se incorporó lentamente, sintiendo el peso de los gemelos acomodándose en su interior.