La sala de audiencias del Juzgado de Primera Instancia número doce tenía ese aire solemne y opresivo que caracterizaba a todos los lugares donde se decidían los destinos humanos. Valeria ajustó nerviosamente el collar de perlas que había elegido para la ocasión, consciente de que cada detalle de su apariencia sería escrutado y analizado. A su izquierda, Enzo revisaba por quinta vez los documentos que su abogado había preparado, la mandíbula tensa y los nudillos blancos por la presión.
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