El sábado por la tarde, Isabella Montenegro se acomodó en el asiento del tren que la llevaría hacia su nueva vida. Las instrucciones del CNI habían sido claras: el convoy de las tres y cuarenta y cinco la transportaría hasta Valencia, donde un equipo especializado la estaría esperando para completar su transformación. Nueva identidad, nuevos documentos, nueva existencia.
Observó por la ventanilla cómo los suburbios de Madrid se desvanecían en una mancha borrosa de edificios y campos. El paisaje