El sábado amaneció con una luz pálida que se filtraba por las ventanas del apartamento de Enzo, creando sombras alargadas sobre el suelo de madera. Valeria despertó con una sensación de vacío en el pecho que no lograba identificar. Los eventos de la gala parecían pertenecer a otra vida, a otro mundo donde las balas silbaban por el aire y los cristales se hacían pedazos bajo la luz de los focos de emergencia.
Enzo ya estaba despierto, sentado en el borde de la cama con el teléfono pegado al oído.