El humo negro que emanaba del servidor central de la ECN envolvía la sala técnica como una mortaja. Marcus Thorne, el impostor que el mundo aclamaba como el salvador de los Sinclair, permanecía inmóvil frente a la consola destruida, con el arma aún caliente en su mano. La pantalla se había ido a negro, y con ella, la esperanza de una victoria rápida. El 99.9% de la transmisión se sentía como un abismo insalvable.
—Un segundo, Leonard —repitió Thorne, su voz resonando con una calma inhumana mien