El rugido de las alarmas en el Centro de Detención de Blackwood no era un sonido desconocido, pero esta vez tenía un matiz diferente: era el tañido de una campana funeraria para el viejo orden. Leonard, envuelto en el uniforme de guardia que ahora se sentía como una armadura de engaño, apretó la mano de Katie mientras las luces rojas bañaban las paredes de hormigón. Victoria Vance había sellado el bloque, pero no contaba con que el Diablo Sinclair nunca entra en una habitación sin saber exactam