El estruendo de la primera granada resonó en las paredes de cristal de la villa en Isla Obsidiana, transformando el refugio de paz en una caja de resonancia mortal. Los sistemas de emergencia se activaron, tiñendo los pasillos de un rojo pulsante. Leonard Sinclair, de pie sobre sus propias piernas con una firmeza que desafiaba dos años de atrofia, apretó el gatillo de su rifle de asalto. Cada disparo era una respuesta al dolor y a la humillación del pasado.
—¡Katie, al búnker! —rugió Leonard so