El silencio que siguió al anuncio de la donación masiva de Katie no fue de paz, sino el preludio de una tormenta de fuego. En el ático de la Torre Sinclair, donde el lujo y la traición se habían dado la mano durante décadas, el tiempo pareció detenerse por un segundo eterno. Viktor Sinclair, con el rostro desencajado por la pérdida de su derecho de nacimiento, y James Ford, viendo cómo su última oportunidad de grandeza se evaporaba, intercambiaron una mirada de desesperación asesina.
—Si no hay