La mansión principal de los Romano se hacía cada vez más agobiante día tras día. Todo el mundo seguía esbozando sonrisas. Todo el mundo seguía con su rutina, como cualquier familia normal.
Sin embargo, tras todas esas máscaras, cada mirada parecía una vigilancia muy estricta. Cada conversación sonaba también a trampa. Y Serafina empezaba a cansarse de fingir que todo iba bien.
Aquella mañana, estaba sentada en la pequeña sala de lectura cerca del jardín trasero, intentando leer una novela cuyo