SAMIRA VAN DER MEER
La mansión de piedra de mi abuela Myla, incrustada en las montañas Laurentinas de Quebec, nunca se había sentido tan viva.
El aire frío y cortante se quedaba fuera, detenido por los gruesos cristales y el fuego que rugía en las chimeneas monumentales.
El aroma a pino fresco se mezclaba con el de las flores blancas que Myla había ordenado traer por miles.
No era una boda de la alta sociedad con mil desconocidos.
Era algo nuestro.
El final de la persecución y el inicio de