KADYEL
Aterrizar en Montreal fue como entrar en una cámara frigorífica de cristal. El aire me cortó la cara con la precisión de un bisturí, un recordatorio de que aquí yo no era el depredador del cañón, sino un intruso en el reino del frío. Pero no tuve tiempo de aclimatarme.
Apenas puse un pie fuera del hangar privado, cuatro camionetas negras cerraron el paso a mi vehículo de transporte.
No eran los hombres del Clan de los Nueve. Estos se movían con una elegancia gélida, vestidos con abrigos