SAMIRA
El olor a pólvora quemada siempre ha tenido una extraña cualidad: se adhiere a la piel como un perfume maldito, imposible de ignorar.
Observé la gota de sangre que acababa de limpiar de mi pómulo, ahora dispersa en la blancura inmaculada de mi servilleta de lino.
El contraste era casi poético.
Blanco purísimo y un rojo tan denso que parecía negro bajo la luz de las lámparas de cristal.
A mi lado, la respiración de Kadyel era un motor sordo, un recordatorio viviente de que el peligr