KADYEL
El calor de Cancún no era como el de Santander. El aire de México era denso, húmedo, cargado de un olor a sal y a jazmín que intentaba, sin éxito, limpiar el rastro de azufre que sentía pegado a mi garganta.
El helicóptero aterrizó en un helipuerto privado rodeado de palmeras que se mecían con una paz que me resultaba insultante.
Al bajar, el contraste fue brutal. Alaric y Stefan corrieron, a pesar de sus heridas y su agotamiento, hacia las dos mujeres que los esperaban al borde de la p