SAMIRA
La camioneta blindada se detuvo en un claro oculto entre la maleza espesa de las afueras de Barichara.
El motor rugía suavemente, como un animal herido pero aún peligroso.
El humo de la casona todavía se veía a lo lejos, una columna negra que ensuciaba el cielo estrellado de Santander.
Dentro del vehículo, el ambiente era asfixiante.
El olor a pólvora, a la sangre de la herida de Stefan y al aroma dulce y lácteo de León, el recién nacido, creaba un contraste violento que me revolvía