STEFAN
El búnker olía a ozono y a la pólvora residual que se filtraba desde la superficie, pero para mí, el aire se sentía más pesado por el silencio de Rouse que por el humo de la explosión.
Ella estaba allí, de pie frente a la pantalla donde la imagen de su madre acababa de desmoronar nuestro mundo, con los hombros caídos y la mirada perdida en un vacío que yo no podía llenar con armas ni con dinero.
Sentí una punzada de agonía en mi muslo, un recordatorio físico de que me estaba desangrando