ROUSE
La oscuridad en la cabaña no era vacía; estaba llena del peso de la muerte inminente.
El clic metálico que había escuchado fuera se repetía en mi cabeza como el segundero de un reloj de ejecución. Stefan estaba a mi lado, un gigante herido cuya respiración era ahora un silbido de esfuerzo y agonía.
La mancha de sangre en su muslo crecía, empapando las pieles, pero su mano no temblaba mientras sostenía la pistola apuntando a la puerta.
—Rouse, escúchame bien —su voz era un susurro gélido