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Capítulo 4: Tú y mi hijo se van a casar…

El futuro glorioso que habían augurado los padres de Giovanni y Renata había cambiado bastante aquella noche de verano, en donde la vida o alguien había decidido torcer los caminos de tres personas.

Todos suponían que, después de lo ocurrido, estas familias romperían lazos por completo y seguirían su camino. Renata se había mudado a Nueva York, Diana se había quedado en México, Gio seguía con su vida y los pocos planes que podía recuperar; no obstante, la vida les acababa de poner una prueba bastante dura de asimilar.

—Señora Barzinni, espero que ya hayan pensado en una posible solución al tema que nos tiene aquí reunidos. —dijo Esteban Montemayor con el rostro marcado por la incomodidad y la molestia.

—Señor Montemayor, creo que estamos hablando entre familias de honor, por lo que yo sugiero que deberíamos dejar que nuestros hijos decidan qué consideran correcto; además, ellos ya están en edad de tomar sus propias decisiones. —dijo Valeria tomando el control de la conversación.

—¿Honor? ¿Viene usted a hablarme de honor? Su hijo era novio de mi hija Renata, se acostó con mi hija Diana, y ahora esta hija tiene tres meses de embarazo. ¿A eso le llama usted honor?

—¡Esteban, por favor! —dijo Marina ante la dureza de sus palabras.

—¡No! ¡No, Marina! —dijo Esteban con seriedad.

Giovanni, al escuchar aquello, solo pudo apretar con fuerza el puño. Él jamás se hubiera imaginado verse metido en una situación como esta; frente a él, se encontraba el hombre que muchas veces le decía que lo veía como hijo; ahora era claro que era todo lo contrario.

Al final, como su madre lo había dicho, tanto Diana como él ya tenían edad suficiente para decidir qué era lo mejor que podían hacer. Su pobre madre no tenía por qué estar ahí; ya mucho tenía con la enfermedad de su padre como para ahora estar enfrentando este tipo de problemas.

Él aceptaba que en gran parte había sido su culpa por haber ido a ese lugar y embriagarse como reacción a la pelea con Renata; sin embargo, en su cabeza no paraba de sonarle la idea de que todo esto era el resultado del plan orquestado por la joven que ahora mismo no le podía dar ni la mirada.

Diana, por su parte, sentía que le faltaba el aire; ella quería hablar, quería negarse, quería decirles que no necesitaba ayuda de los Barzinni, que ella podía sacar a su bebé adelante. Su madre le había enseñado a ser fuerte, a ser independiente; ella misma le había puesto el ejemplo, ¿Por qué no podría?

Si Giovanni la consideraba como la causante de sus desgracias, entonces su bebé lo iba a considerar de la misma manera y ella bien podía ser considerada la peor hija, pero jamás dejaría que a su propia sangre le hicieran daño; sin embargo, horas antes de ir con los Barzinni su padre había sido muy enfático: ella debía dejarse de estupideces.

—Bueno, señor Montemayor, entonces, ¿qué es lo que propone? Porque solo escucho quejas de su parte, pero ¿cuál es la solución que, según usted, va a venir a poner fin al problema que tenemos frente a nosotros? —dijo Valeria enfocando su mirada en aquella joven.

Diana, que escuchaba atenta, se sintió incómoda y no pudo más; se levantó y dijo:

—¡BASTA! ¡MI HIJO NO ES UN MALDITO PROBLEMA! ¡MI HIJO ES MÍO Y PUNTO!

La joven miró a sus padres, a la madre de Giovanni y, sin más remedio, tuvo que posar sus morrones ojos en los de Giovanni. Estuvo a punto de decir algo más, sentía que no podía seguir callando, pero aquel amplio salón lo comenzó a sentir demasiado pequeño; sentía que de algún modo le estaba robando el aire. Todo comenzó a darle vueltas y ponerse borroso.

Para cuando abrió los ojos, Diana ya estaba recostada en una suave cama de una habitación que desconocía; aquello la hizo sobresaltarse.

—¡Tranquila! ¡Tranquila! ¡Estás bien! Solo estamos a la espera de que el médico venga a revisarte; les has dado un susto de muerte, debiste ver cómo corrían y gritaban de angustia. —dijo el hombre que la miraba y le sostenía la mano con una calidez que hacía varios días no sentía.

Aquella sencilla acción provocó que los ojos de Diana se le inundaran de lágrimas; acto seguido, comenzó a llorar todo lo que había estado aguantando desde hacía varios días.

—¡Le… ¡Le juro…! ¡Le juro que… que yo…! ¡Yo no quería…! ¡Yo no sé qué ocurrió! ¡Maldita sea! ¡Odio esto! ¡Odio mi vida! Si pudiera regresar el tiempo, ¡lo haría!

De verdad, no me escaparía de mi casa, no iría a ese bar… Yo solo había ido a ver a mi novio… ¡Jamás en mi vida planeé nada de lo que dicen! ¡Nadie me cree! ¿Por qué nadie me cree? ¡Yo no planeé nada!

Todos creen que yo hice algo en contra de Gio pero no… ¡No hice nada! ¡Se lo juro! ¡Yo puedo criar a mi hijo sola! ¡Yo puedo con un bebé!

Ellos no necesitan hacer nada, yo solo quiero irme, solo quiero poder irme lejos, no les voy a pedir nada… —dijo la joven entre lágrimas.

Marco observó a la joven y algo en su pecho se estrujó; ver a aquella joven le hizo pensar en su Valeria, esa que anduvo sola por cerca de tres años. ¿Cómo demonios iba a venir a permitir que la historia se repitiera? Más cuando se trataba de su nieto, el hijo de su primogénito, no, eso no podía ocurrir, no mientras él aún estuviese consciente.

—¡Yo no quiero vivir así! ¡Por favor! ¡Créame! ¡Jamás en mi vida hubiese querido causarle este dolor a mi hermana! ¡Le juro que jamás quise esto! ¡Sí! ¡Es verdad! Yo sentía algo por Gio, pero… ¡Jamás le hubiese hecho nada! ¡Jamás le hubiera puesto drogas!

Todos creen que por cómo me visto, por cómo actúo, fui capaz de eso, pero no, de verdad, créame, yo… ¡Yo tenía planes…! —dijo la joven desesperada porque alguien pudiese escucharle y, más que nada, creerle.

De alguna manera, Diana se sintió en la confianza de soltar todo lo que sentía con aquel hombre. Ella al momento no se dio cuenta de quién era; su desesperación por ser escuchada, la angustia por no saber qué vendría más adelante, la estaba haciendo decir todo aquello.

Por otro lado, Marco observó bien a aquella jovencita; le extendió un suave y delicado pañuelo, esos propios de una novela. El hombre sabía leer muy bien a las personas, sabía quién mentía y quién decía la verdad; esperaba que su hijo algún día aprendiera a hacer aquello, pero, por cómo iban las cosas, ese don se veía que no lo había heredado.

Si bien Diana no era la mujer que había imaginado para su hijo, pues aunque físicamente era la viva imagen de la otra hermana, se notaba que era todo lo contrario y esperaba que así fuera.

Diana llevaba ropa oscura con estampados algo difíciles de descifrar, no usaba maquillaje, tenía algunos piercings y dos o tres tatuajes visibles; era más que claro que no era una mala persona. Su angustia, su miedo, el tono de su voz, todo le gritaba que lo ocurrido iba más allá de una noche de copas.

—Ten… Mira, el tiempo no se puede regresar, las malas decisiones ahí están y no se van a ir, estas nos recuerdan que debemos irnos por el camino correcto todo el tiempo.

Siendo honesto, siento que estamos haciendo una tormenta en un vaso con agua; tus padres deberían agradecer que estés viva, que estés embarazada y que se sepa quién es el padre.

¿Cuántas muchachitas se escapan de casa para una noche de fiesta y no regresan? ¿Cuántas chicas sufren un percance en el camino y no regresan?

Eres joven, claro que eres joven, sé que puedes tú sola, nadie lo niega, será duro y lo que sigue. Sí, no voy a mentirte, el camino no será nada fácil; un hijo no es cualquier cosa, menos cuando estás sola y no tienes apoyo familiar. No creas que es muy sencillo como en las novelas, eso lo saben tus padres y por eso están preocupados.

—Ellos no me quieren, me ven como el peor error…

—Tus padres se preocupan por tu futuro, solo que no saben cómo expresarlo. Si debo ser honesto, yo estoy muy feliz con esta noticia, te voy a contar un secreto…

—¿Cómo? —dijo la joven sorprendida.

—Estoy perdiendo la memoria poco a poco, el que tú estés embarazada es la mejor noticia que he podido recibir en este duro momento.

Diana se quedó aún más confundida con aquellas palabras.

—Giovanni es mi primogénito, tengo a mi Paloma, pero ella no es mi sangre, no me malinterpretes, la amo, la adoro, es mi vida, pero ¿a qué padre no le gustaría cargar en brazos a un nieto de sangre? Soy viejo y tengo raras costumbres, soy anticuado y a un hombre como yo esas cosas le importan, por lo que el hecho de que estés embarazada me ha hecho el día.

Mira que si no te desmayas en esa sala y haces correr a todos, jamás me hubiese enterado de lo que está ocurriendo en mi familia. Lamentablemente y aunque con buenas intenciones, mi esposa e hijo me mantienen en una burbuja mientras intentan solucionar el mundo; eso me enorgullece, pero me deja claro que aún tengo mucho que hacer.

Jovencita, tu hijo es mi nieto y eso es lo más maravilloso que pudo sucederle a nuestra familia. ¿Cómo crees que me negaría a reconocer a un bebé que lleva la sangre de los Barzinni? Somos pocos y luego para andar negando nuestras raíces; esa no es la educación que le di a mi hijo.

—¿Usted es Marco Barzinni?

—Efectivamente, y ya me cansé de ver que nada más se hacen tontos y no toman las decisiones que deben tomar.

—¿Qué decisión? —preguntó Diana un tanto preocupada.

—¡Tranquila! Es una solución que a todos nos convendrá…

—¿Cómo?

—Tú y mi hijo se van a casar…

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