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Capítulo 7: Giovanni juraba amor eterno…

Rafael acompañó a Diana hasta el lugar donde se llevaría a cabo la ceremonia; al llegar ahí, la joven se percató de que los Barzinni habían puesto mucho ahínco en esto y, considerando la situación, se sorprendió; incluso se sintió incómoda con el sencillo vestido que llevaba puesto.

Giovanni le había dicho a su familia que lo mejor era ir al registro civil, hacer el trámite y ya, pero su padre no tomó en cuenta su sugerencia, por lo que la cabeza de los Barzinni contrató personal para que organizaran una sencilla pero elegante ceremonia.

El hijo bien podía negarse, pero eso no era una opción, no cuando Marco Barzinni era quien estaba decidiendo todo.

El ver cómo ahora, sin importarle el pasado, su padre simplemente aceptaba a la mujer que le estaba destrozando la vida solo por el hijo que llevaba en el vientre, le causaba un gran conflicto interno, pues él juraba que Diana no era más que la artífice de todo lo que había ocurrido.

—Diana…

De pronto se escuchó la voz gruesa y ronca de Esteban Montemayor.

—Padre…

—¿Vino contigo mamá? —preguntó Diana al ver que solo su padre estaba ahí.

Esteban la miró, apretó los labios por un segundo; el hombre sintió una fuerte punzada en el pecho. Ella era su hija; a pesar de todo, era su niña, su princesa; no estaba de acuerdo con lo ocurrido, pero tampoco podía dejarla botada.

—Cariño, tu madre está con… —Esteban trató de no herir a su hija, pero en la situación en la que estaba, era inevitable.

—¡Lo sé! ¡Está bien! ¡Vamos! Cuanto más rápido, mejor; así tomas el vuelo de la tarde y regresas a casa.

—Diana, hija… Tu madre me pidió darte esto… —dijo Esteban sacando de su saco una delgada cadenita con una medalla.

Diana, al verla, sintió una fuerte punzada; esta medalla era algo que siempre había querido y que siempre le pedía, pero Marina le decía que aún no era el tiempo para dársela.

—¡Gra…! ¡Gracias! —dijo ella tomándola con manos temblorosas para pasar a colocársela inmediatamente.

—Hija… —dijo Esteban sintiendo un nudo en la garganta.

Diana lo miró nerviosa y dijo:

—¿Qué sucede, padre?

—¡Solo cuídate, por favor! Tu vida va a cambiar mucho; te pido que te cuides y que trates de poner de tu parte.

Esteban sabía que ella estaba cometiendo un grave error, pero él, al igual que Valeria, en los días previos a la boda había intentado persuadirla, había intentado hacerla entrar en razón, pero, al final, ante la negativa, llegó a la conclusión de que su hija era muy testaruda.

—¡Gracias, padre!

Algunos minutos después, padre e hija caminaron por un pequeño pasillo; las sillas que estaban para la familia Montemayor Salas estaban vacías, mientras que en las del novio, solo los más allegados se encontraban presentes.

Aquella escena fue dura; Diana se sentía sola. Si fuese por ella, en ese mismo momento se soltaría del brazo de su padre y saldría corriendo, pero las palabras que Giovanni le había dicho hace un par de semanas no paraban de resonar en su cabeza.

--- Flashback ---

Dos semanas antes de la fecha pactada, Diana ya no pudo más y decidió que, si sus padres no confiaban en ella, si ellos, que eran los que debían creerle, estaban de acuerdo con los Barzinni, ella no tenía por qué seguir confiando en ellos.

Tras llegar a esa conclusión, sin pensarlo más, aprovechando que sus hermanos dormían y su madre aún no regresaba del café, tomó una mochila, guardó lo necesario y, ayudada de enorme fresno que siempre había usado para salir, escapó de casa.

En el preciso momento en el que estaba por subir a su taxi, sintió como una mano le agarraba con fuerza el brazo.

—¿A dónde se supone que vas? —preguntó Giovanni con un tono que no aceptaba negativas.

—¿Qué…? ¡Suéltame! —expresó ella nerviosa.

—Te hice una pregunta, ¿a dónde carajos crees que vas?

—¡Me voy, Giovanni! ¡Me voy! Es lo mejor para mí, para ti, para todos…

Diana desde hacía muchos años había dejado de ser la chica callada y sumisa; hoy día mostraba un carácter fuerte, intrépido y en muchas ocasiones, rebelde. Para alguien como Giovanni Barzinni aquello le resultaba desagradable, incluso fastidioso, pues él era más educado, formal y reservado.

—Ah, después de todo el mierdero que hiciste, ¿te vas?

—Sí, me voy y punto. —dijo la joven forcejeando para liberarse.

En un acto que no esperaba aquella joven, Giovanni sacó dinero de su cartera, lo lanzó dentro del vehículo y dijo:

—Ten, esto es la paga por su tiempo; se cancela el viaje, ella se queda.

Diana, al ver la reacción de aquel joven, dijo:

—¡NO! ¿QUÉ DEMONIOS TE SUCEDE? ¡ES MI MALDITA DECISIÓN! ¿POR QUÉ DEMONIOS NO PUEDES ENTENDERLO? ¡TÚ NO QUIERES ESTO! ¡YO TAMPOCO! ¿POR QUÉ QUIERES ESTO? —dijo Diana molesta.

El chofer del taxi, al ver el dinero, encendió su auto y se retiró del lugar. Diana, al ver que el auto se marchaba, no pudo más, se volteó contra Giovanni y comenzó a reclamarle.

—¡MALDITA SEA, GIOVANNI! ¡SUÉLTAME! ¡DEJAME IR CON UN DEMONIO! —exigió Diana con los ojos llenos de lágrimas mientras forcejeaba para soltarse de su agarre.

Giovanni observó a la joven mujer y, temiendo que los vecinos los vieran discutir, a jalones la obligó a subirse a su camioneta.

—¡YA BASTA! —dijo él ya estando dentro de su vehículo. —¿Acaso crees que estoy muy cómodo con la maldita situación? ¿Crees que estoy que salto de alegría? ¡NO! ¡MALDITA SEA, NO!

El joven golpeó el volante ante la frustración que sentía en ese momento. Diana, al verlo así y sentir movimiento, temió por su vida; sabía que Giovanni era un hombre serio y educado, pero verlo así le causó miedo.

—¿A… ¿A dónde me llevas? ¿Qué demonios haces?

—¡Tú y yo vamos a dejar unas cuantas cosas en claro! ¡Ya estoy harto de tus estupideces!

Diana estuvo a punto de abrir la puerta de la camioneta, pero Giovanni fue más rápido y puso el seguro.

—Diana Montemayor… Eres la última persona con la que quisiera casarme, pero para mi maldita mala suerte, te embarazaste de un hijo mío. No tengo ni puta idea de lo que ocurrió esa noche, pero estoy completamente seguro de que todo fue parte de algo que planeaste para jodernos, ¿verdad?

Tu plan bien salió perfectamente bien o bien, te vino a joder la vida como a mí; ahora, tal como mi padre lo dijo, soy un Barzinni y, por ende, debo hacerme cargo de mis malditas acciones.

Tú y yo nos vamos a casar, le vamos a dar una maldita familia feliz a ese hijo, lo haremos por el tiempo que estipuló mi padre; luego de los tres malditos años, nos vamos a separar, ¿lo entiendes?

—¡Estás loco! Un hijo no es motivo para unir nuestra vida; ¡yo puedo criar a mi hijo sola! ¡Yo puedo irme! ¡Puedo empezar en otro lugar! ¡Estás loco si crees que puedes venir a querer forzarme!

—¡LO HARÁS! ¡CON UN DEMONIO! ¡LO HARÁS! —expresó Giovanni mirándola con desprecio. —De lo contrario, créeme, tu vida y mi vida no serán lo único que arruinaremos. He investigado a tu familia y, luego del maldito desastre que tu padre, tu tío y abuelo hicieron hace años, aún no logran reponerse. ¿verdad?

Diana abrió los ojos de sobremanera. ¿En qué demonios podría estar pensando este hombre?

—Tu padre lucha día a día por no dejar caer su legado, pero, dime una cosa, ¿cómo crees que se sentiría él o tu madre si yo, con una sola llamada, les cierro todas las putas puertas? Ah, y claro, ¿cómo te sentirías tú de saber que fuiste la causante de su desgracia?

—¡ESTÁS DEMENTE! ¡NO PUEDES HACERLES ESO! ¡ELLOS NO TE HAN HECHO NADA! ¡Mi… ¡Mi familia siempre te ha tratado incluso mejor que a mí!

—Mira, Diana, no nos hagamos idiotas… Esto era lo que querías; durante años, buscaste la oportunidad y mira, te salió muy bien, ¿verdad? ¡Me atrapaste!

Diana lo miró y sintió una fuerte punzada en el estómago; en la mirada de Giovanni solo se veía desprecio, asco, fastidio. Giovanni, por su lado, sonrió irónicamente y dijo:

—Tontamente creí que habías cambiado, pero me equivoqué; por un maldito momento llegué a creer que te quedarías con el muerto de hambre aquel con el que salías, pero ya veo que lo que Renata siempre dijo de ti era verdad; te escondes bajo toda esta ridícula apariencia, pero sigues siendo la misma escuincla inmadura de hace años.

—¡BASTA! ¡CÁLLATE! —dijo Diana con voz quebrada. —Giovanni Barzinni, ¡mírate! ¿Qué te hace mejor que yo? Aparte de dinero y el apellido de tu familia, ¿qué tienes? ¡Tú no eres nadie! Sin el apellido de tu padre, no eres nada… Vienes aquí, me amenazas, ¡Dios! ¿Quién es el que está mal? ¿Eh? —dijo Diana retándole y restándole un poco de orgullo.

—¡Ya te lo dije! Harás lo que te digo o, desde mañana mismo, verás cómo tu padre y madre comienzan a sufrir las consecuencias.

Diana no daba crédito a las palabras que salían de la boca de aquel joven. ¿Cómo podía ser? Este era el hombre que le juraba amor eterno a su propia hermana. ¿Cómo demonios ahora venía a obligarla a casarse con él?

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