El despacho quedó en un silencio tan denso que Emilia sintió el latido de su propio pulso. La ciudad, tras el ventanal, ardía en luces lejanas, indiferente a todo lo que había pasado en esas paredes.
Lucas apoyó las manos en el escritorio revuelto, respirando hondo. La luz de la madrugada delineaba su silueta con un brillo acerado.
—Así que —dijo finalmente, sin mirarla—, tenías una amiga en la policía de investigaciones. Su tono no era una pregunta, era una acusación.
—Sofía —respondió Emilia